martes, 6 de enero de 2009

¡¡Callen a los que no hablan!!


Nada cambiara el mundo, ni siquiera toneladas y toneladas y más toneladas de concreto, asfalto, cemento que derraman sobre el suelo tapando la tierra, ¿Qué culpa tiene ella para que le priven la mirada del cielo? ¿Acaso el pavimento tiene más derecho de recibir los tibios rayitos de sol?, eso no lo sé yo, pero tengo una queja:

Ayer estaba conversando con un simpático eucalipto, me hablaba que no le respetan su metro cuadrado y que sentía envidia de los seres humanos, yo me asombré de su comentario y le pregunté '¿por qué?', él árbol me contestó que ellos se entrenan muchos años y aprenden miles de cosas de la tierra, cosas que le permiten acercarse al cielo cada vez más y que por esto deben mantenerse siempre en un estado de meditación, esa era la razón de por qué los árboles no se mueven ni hablan con los otros árboles o seres vivos y que si un día un árbol se atrevía a suspender su meditación, era castigado por fuegos subterráneos que lo mataban. En cambio, los seres humanos nacían volando, nadando o arrastrándose, según el parto que deseaba su madre. Que sin aprender nada, llegaban más alto; sin meditar con el suelo, tenían libertad de movimiento; que si la mandamás, doña Natura, los intentaba castigar explotando un volcán o mandándoles una tormenta, ellos sólo se movían del lugar y nada les pasaba.

Mientras conversaba con el eucalipto, un hombre de camisa escocesa y blue jeans se acercó con un hacha y, aunque intenté detenerlo, derribó el eucalipto y agonizando quedó el muñón.

Yo le grité para que me dijera el motivo de su acción, él se rió, apuntó a su bolsillo y siguió su camino.

¿Y cuál es la queja?, ¿Cómo que cuál es la queja?, acaso no saben que interrumpir una conversación es de mala educación.

Y las margaritas interrumpieron: ¡Qué estúpidos son! ¿Acaso no piensan en lo que hacen?. Los he oído decir ‘Salvemos nuestro planeta’, acaso saben que el planeta no es de ustedes, ni siquiera es nuestro, ni de la mandamás, sólo somos inquilinos que encontraron un ambiente propicio para vivir, además ustedes son los que más errores cometen para que se enoje Doña Natura. Los he visto también cortar nuestras flores y obsequiarlas como algo de lo más romántico y hermoso, acaso les gustaría que nosotros les arrancáramos sus gónadas y se las obsequiemos a los tulipanes o a las rosas, nosotros necesitamos de nuestras flores para reproducirnos.

-¡Ay, qué asco!, ¿Cómo se te ocurre hablar así de sus flores?-

Un caballo que pasaba en una carreta aprovechó la circunstancia para alegar también: Y dicen que somos sus hermanos menores, no entienden que ustedes son unos dictadores y nosotros sus esclavos, creen que a mí me gusta tirar este carruaje o al asno llevar pesadas cargas, piensan que al loro le es agradable que le corten sus alas y lo hagan bailar con el organillero, que al cerdo lo juzguen de sucio mientras ustedes le dan sólo los desechos y basuras para que se alimente. Dicen que nos domesticaron, pero no conocemos otra realidad, no sabemos cómo comportarnos. Yo que nací en una granja, todo lo que vi siempre fueron caballos trabajando, por eso asumí que así tenían que vivir los caballos, me acostumbré a esta dura vida que me hacen vivir.

Mientras las margaritas y el caballo reclamaban al mismo tiempo, una bandada de palomas se acercó y se sumó a los reclamos: A nosotras nos tratan de tontas, sucias y de ratas con alas, acaso qué se puede hacer cuando escasean las semillas porque unos tipos, que sí son tontos, cambian bosques y prados por carreteras y ciudades. Nosotras llegamos a la ciudad, un lugar casi sin depredadores y encontramos a mucha gente comiendo y sin preocupaciones de hambre, entonces, admito que nos rebajamos mucho, comenzamos a comer lo que encontrábamos en el suelo, no es nuestra culpa, es del hambre provocada por ustedes.

Así reclamaban cuando empezaron a llegar gatos, perros, gaviotas, empezaron a hablar los árboles y plantas cercanas, llegaban insectos, todos gritando y protestando, yo no sabía qué hacer. Justo cuando más colapsado estaba llegó la fuerza pública e hizo lo que debía hacer en esos casos: Trajeron un par de tanques y hombres cargados con lanzallamas y pistolas, entonces comenzaron a disparar y no quedó protestante vivo. Le pagaron una indemnización al carretero por el caballo y me dijeron: No habrá ninguna revolución mientras estemos al mando.

Luego de eso, se marcharon. Yo me fui tranquilo porque ningún otro animal o planta me molestaría otra vez con sus palabras.

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