martes, 17 de febrero de 2009

Huída, una explosión brillante


Con las manos en los bolsillo y mi cabello húmedo mecido por el viento, caminaba sobre la nieve aun blanca, porque Primavera, por desidia y por considerarlo de poca importancia, no sacó del almacén las flores y el sol derretidor no lo colgó en el cielo. Saqué una mano del bolsillo al descubrir que tenía una paleta de mariposa que revoloteaba entre mis dedos. La paleta se fue volando, escapando y cerca de un metro sobre mi nariz, explosionó sutilmente como una pompa de jabón, dejando caer escarchas sobre mí (las cuales no logré sacármelas hasta el tercer baño) y quedé brillante como podría haber quedado mi cuarto si alguna vez lo hubiese limpiado (lo que no hacía por desidia y por considerarlo de poca importancia).
Cerca de un manzano sin hojas y con frutas, divisé a un hombre vestido de pingüino que vendía globos de helio (advierto que esto no significa que los globos fueran de helio, eran de goma como cualquiera, pero mi mami me enseñó que los globos que flotaban eran de helio). Yo me acerqué corriendo, pues siempre quise uno de esos globos para volar como Mary Poppins lo hacía con su paraguas, pero me arrepentí de súbito al acordarme de lo que sucedió con la paleta que volaba. El hombre se dió cuenta de mi vacilación y me dijo riendo que yo era muy grande para volar con globos, entonces recobré mi ánimo y compré un globo. Pero al darle el dinero, el hombre rompió en llanto como un martillo rompe en nuez. Asombrado escuché su lamento: Lo que pasaba era que yo le pagué un globo que costaba trescientos elodos (moneda local) con un billete de mil, pero al intentar darme vuelto, se dio cuenta que no tenía pulgares, sino aletas de pingüino y no podía darme los setecientos elodos que me debía. Al comienzo, sentí pena por él, mas luego, pensé que quizás ese disfraz apingüinado era para estafar a personas y no dar vuelto. Me molesté bastante y le mordí la aleta, el hombre, al sentirse amenazado, se fue volando con sus aletas que resultaron ser alas de pingüino. Sin embargo, cuando ya volaba cerca de diez metro sobre mi nariz, explosionó también sutilmente, dejando caer una carga enorme de escarcha sobre mí. Molesto aun, reventé sus globos de helio con una rama del manzano y descubrí que dentro del globo habían muchas burbujas que, temerosas, bajaron y se amalgamaron con la nieve.
Relajado ya, seguí caminando silbando una melodía improvisada y detrás de un árbol, vi a una familia de bambis saltando y jugando, no me provocaron mayor asombro y seguí andando hasta un campo de frutillas (como el de los Beatles) y vi a una muchacha robando esas frutillas. Corrí a regañarla sin pensar que talvez el campo había sido sembrado por ella. Justo cuando llegué a su lado, explosionó como una burbuja, dejando escarchadas a las frutillas. Yo quedé quieto, asustado de que fuera el causante de esas huídas burbujeantes y escarchadas. Las frutillas corearon que nada era real y se burlaron de mí. Bajé la mirada, caminé con las manos en los bolsillos, me puse a silvar, huí de las frutillas (quizás por desidia no le di mayor importancia). Cuando estaba a medio metro del campo, explosioné como una burbuja que es puesta dentro de un cañón y es disparada, el suelo se salpicó con escarcha.

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