lunes, 9 de marzo de 2009

Fardo

Cuando yo era pequeña, pensaba que los bebés venían de una fábrica ubicada en la selva, donde los animales buscaban frutas y pequeños mamíferos para alimentar un monstruo que estaba dentro de la factoría para que éste, una vez que adquiría la suficiente energía, pudiera expulsar bebés de todos los sabores y colores por sus ojos. Luego, hacían pasar a los bebés recién expulsados por una cinta transportadora y los clasificaban según sus características físicas, les estampaban los dedos y los ojos con una marca irrepetible para identificarlos, les enseñaban a llorar y los metían dentro de jaulas, en las que viajaban y eran distribuidos a las tiendas importadoras de bebés, llamadas hospitales, para que los padres pudieran obtenerlos a cambio de una panza de mujer.

Mi familia nunca me hablo las cosas como eran; un grito de mi madre en la cena nos callaba a todos, en especial a mi padre, que siempre trataba de empezar una conversación que no le gustaba a mamá.

Mamá nunca dejó que me alejara de ella, siempre tenía que estar a una distancia a la que yo viera su vestido, por lo que pensaba que ella no podía mirarlo y tenía miedo de que se lo robaran sin que se diera cuenta. Creo que fui la mejor cuidadora de faldas que ha existido en la historia, porque mi mamá me premiaba comprándome faldas muy lindas, según ella. Tampoco le gustaba que viera televisión, que mirara revistas, que escuchara la señal abierta de la radio, que le hiciera caso a las palabras que me contaban los hermanos de mi padre, pues en esas cosas había maldad, porque el diablo había metido sus cuernos.

Mi vida escolar de infancia está marcada por la gran cantidad de sanes, santas, santísimos, pusimos, benditos y sagradas grabados en las paredes de los pasillos y las salas. Siempre tuve la duda de cuántos Jesús existían, si era un tipo de muñeco coleccionable, porque habían muchos en la escuela y todos tenían distinto rostro. Cuando le pregunté a mi madre, me dio una bofetada y me castigó por insolente. Así aprendí que habían cosas que no se preguntaban y que debían callarse.

Entrando a mi pubertad, luego de pasar por esa escuela de monjas, mi padre convenció a mi mamá que necesitaba una mejor base y que no debía imponerme ser monja, porque si yo quería, con el tiempo, sola seguiría el camino de Dios, por lo que ntré a una tradicional escuela de señoritas. En este lugar descubrí cosas que no había experimentado antes, pues en mi infancia consideraba la práctica de estas cosas algo insanas e impúdicas, o simplemente desconocía de su existencia:

Recuerdo que la masturbación fue para mí el boleto a placeres que mi cuerpo deseaba con fervor y que, mi tardío descubrimiento de este arte manual, provocó una dependencia enfermiza que llevó a que todas mis compañeras de curso me llamaran ‘pajera’, yo no entendía sus bromas, pues era una muchacha que aun estaba encerrada en una burbuja de inocencia. Cuando la profesora jefe se dio cuenta de esta situación, me mandó a orientación, donde la rubia Milena (la orientadora) me educó sexualmente abriéndome los ojos. Así dejé de masturbarme tan seguidamente y lo hacía sólo cuando estaba aburrida y sola en casa.

Los hombres me llamaron muchísimo la atención, nunca había conocido tipos de mi edad, mi madre los espantaba, y verlos por montones parados fuera de la escuela me ponía nerviosa. Mis compañeras tenían mucha experiencia tratando con ellos e incluso presencié un beso por primera vez. Mis compañeras, a menudo me llamaban para que las acompañara con sus amigos; «Fardo», me llamaban (había ganado ese sobrenombre porque decían que yo estaba mayoritariamente compuesta de paja) «ven, te quiero presentar a un amigo». Yo no era muy comunicativa, no sabía el truco para mantener una conversación, además, me pasaban muchas cosas por la mente al estar con un jovencito, ya que la rubia Milena me hubiese puesto al tanto de lo que era el sexo (a esa altura ya había descubierto de donde venían los bebés realmente). Los muchachos siempre se aburrían de mí.

Así viví tímidamente hasta los quince años, cuando mi madre, luego de la insistencia de mi padre, me permitió ir sola a la escuela; el bus de camino a la escuela era un mundo nuevo para mí: tanta gente viajando apretada, rozándose unos con otros, escolares de ambos géneros, claramente era algo novedoso.

Al principio no me di cuenta, pero un día cuando que me encontré con una compañera en el bus, esta me hizo notar que había un joven que me miraba mucho. Era un muchacho atractivo, de cabello castaño, ojos claros, alto, vestía un uniforme escolar de la clásica camisa blanca y pantalones grises, con la corbata bien puesta. «Está bien rico» me dijo mi compañera y yo confirmé su afirmación, «Pero es nerd» terminó por decirme y nos bajamos del bus.

Durante un tiempo, noté que siempre estaba en el autobus que yo tomaba y eso me pareció algo raro y psicópata. Todo el camino me miraba y cuando yo lo observaba, él se hacía el desentendido y miraba a cualquier otra parte. En el fondo, igual me atrajo y lo encontré tierno.

Al mes de haberme dado cuenta de su existencia, él se envalentonó y se me acercó a hablar. Me dijo hola con una voz de notorio nerviosismo y yo le contesté de una manera similar, me dijo que se llamaba Nelson entre tartamudeos que me dieron risas. En poco tiempo nos volvimos amigos.

En septiembre, Nelson se me declaró y a la semana, estábamos librándonos de nuestra castidad (perder la virginidad fue algo doloroso, pero el placer opaca el dolor). Su casa era el lugar de encuentro después de clases, pues sus padres trabajaban hasta tarde. Siempre nos juntabamos en el parque que quedaba cerca de su colegio y llegabamos casi corriendo a su cama en el segundo piso.

Cuando le comenté acerca de mi relación a la rubia Milena, lo primero que me preguntó fue si nos habíamos cuidado. El monstruo alimentado de frutas y pequeños mamíferos se volvió un puf y el ñaca ñaca que me contó Milena apareció de repente, pensé en mi madre y me asusté, los didácticos condones que me habían dado Milena no estuvieron, o sea, estuvieron en mi mochila, pero se me olvidó sacarlos. Milena, al instante me tomó de la manó y me llevó a comprar un test de embarazo (en realidad compramos seis test distintos). Me llevó a su casa y me dijo cómo funcionaban. Positivo era la respuesta que se reiteraba. Milena empezó a hablarme mil cosas que no recuerdo, algo sobre su apoyo, creo.

Llegué a mi casa devastada y fui directo a mi habitación. Mi madre comenzó a gritarme por no haberla saludado y se me vinieron a la mente todos sus proyectos de su hija virgen subiendo al altar. Entre mis llantos, me dio risa lo irónico que eran esos comentarios matenos cuando veía a jovencitas de bajos recursos o a mis compañeras con sus amigos: «¿Dónde están las madres de esas niñas? ¿Acaso no saben que serán madres adolescentes?», pero dentro de toda esa mescla de sentimientos, tenía miedo de mi madre, miedo de contarle sobre mis encuentros sexuales desenfrenados que derivaron en un embarazo no deseado pero buscado. Recordaba todos los valores religiosos que me había inculcado desde pequeña. En ese momento, mi decisión fue fácil; me tragué mis lágrimas y bajé a saludar a mamá que seguía gritando. Al otro día iría a hablar con Nelson.

A la mañana siguiente, Nelson estaba en el bus como siempre, yo le dije que teníamos que hablar y él me dijo que lo haríamos después de clases en su casa. Cuando llegué a la casa de Nelson, lo miré a los ojos y le dije «Estoy embarazada», él me respondió con lo que Milena me había dicho que contestaría, un tonto y predecible «¿Estás segura?». Me causó gracia su respuesta y él pensó que yo estaba bromeando, entonces volví a mi seriedad y saqué de mi mochila los test de embarazo. Nelson quedó callado, miraba los test, leía sus cajas que decían el porcentaje de error de los aparatitos. Finalmente me miró y me dijo:

—Te llevaré a un ginecólogo, para estar seguros.

—¿Cuándo?— le pregunté.

—Ahora.

Esa fue toda nuestra conversación hasta que llegamos a una clínica. Entramos a una sala y no tuvimos que esperar, había un señor bonachón sentado en su escritorio de doctor.

—Te presento a mi padre— me dijo Nelson con una voz casi muerta. Luego alzo la voz —Papá, ella es mi novia.

Yo no sabía qué hacer, no es muy agradable pensar que el padre de tu pareja verá tu vagina y te confirmará si estás embarazada.

—Bien— dijo el papá de Nelson— ya me imagino por qué están acá.

Miró severamente a Nelson, quién bajó la mirada. Luego llamó a Sofía, su enfermera, quien me explicó todo el procedimiento y me preparó para ser examinada.

Después de que introdujera una cámara fálica, me hizo mirar una pantalla y el papá de Nelson me dijo «siete semanas», nada más y me mandó a vestir. Llamó a Nelson para hablarle afuera.

—¿Eres estúpido o qué?— comenzó a gritar el padre al hijo— ¿Te das cuenta de los problemas que le has ocasionado a esa jovencita? ¿Acaso no te alcanza el dinero que te doy para comprarte condones?, eres un pendejo de dieciséis años, ¿Cómo no piensas? ¡Claro!, como a ti no te crece la panza, no te importó.

—Disculpa papá— escuché a Nelson decir a penas.

—¿Y qué me pides disculpas a mí?, acá no hay que pedirle disculpas a nadie, ambos fueron unos pendejos calientes que se descubrieron vieron que tú tenías un palito y que encajaba justo en el hoyito de la muchachita y no pudieron aguantar las ganas de jugar a ensamblar. ¿Te apuesto que lo hiciste en el sofá?, no me cabe en la cabeza la idea de que mi hijo no sepa que una tarde de semen en pareja puede provocar un embarazo— cuando dijo esto, entró a sala y comenzó a retarme— Y tú no creas que toda la culpa es de mi hijo, porque tú ya estás bien grandecita como para saber cómo se hacen los bebés y lo que implica tener uno a tu edad. ¡Por los dioses! Acaso la juventud no conoce la palabra precaución— Se quedó mirando a Nelson— Mereces un castigo, jovencito —pensó un rato— Tú serás el que le dirá a los padres de esta niña que está embarazada, que tú la embarazaste y tienes sólo una semana de plazo o yo mismo iré y se lo diré.... y no hay salidas por nueve meses, sólo te excusaran motivos del embarazo de la joven— cuando dijo esto, nos expulsó de su sala y siguió gritando a Sofía— ¿Cómo no piensan en las consecuencias?, sabes todos los problemas que esa niña tendrá en la escuela y la discriminación, no sabes cuantos prejuicios existen hacia las adolescentes embarazadas…

Salimos de la clínica y comenzamos a caminar sin rumbo.

—Nos hemos metido en un gran problema— le dije a Nelson sólo por decir algo

—Vamos ahora a hablar con tus padres— me contestó. Yo quedé pálida, tenía mucho temor a mis padres, de su reacción. Luego de meditarlo un rato, le dije a Nelson que eso sería lo mejor.

Cuando llegamos a mi casa. Mi madre me miró enojada, era la primera vez que llevaba a un hombre a la casa y sabía que explotaría cuando le dijera la noticia.

—Mamá— le dije con un tono de voz apaciguador— él es mi novio, Nelson.

Mi mamá saludo a Nelson mostrando su molestia en un cínico hola. En ese instante apareció mi papá y gritó:

—Hasta que decidiste traer a un muchacho, ya pensaba que eras una desadaptada

—Señores— dijo Nelson muy cohibido.

—Dime suegro— dijo mi papá con ese tono que me parece simpático.

—Eh… Suegros, vengo a decirles una noticia— cuando Nelson dijo esto, sentí unos enormes deseos de morir por combustión espontánea— Su hija está embarazada y yo soy el padre. No tuvimos que esperar un momento ni aguantarnos silencios molestos, porque mi mamá a estaba gritando:

—¡Cabro de mierda! ¡Cómo se te ocurre embarazar a mi hijita! Ella era una santa…

Mi mamá comenzó a gritar tantas cosas que no recuerdo todos los insultos que emanaron de su boca, creí que iba a golpear a Nelson. Mi padre trataba de calmarla diciéndole «Amor, relájese». Una situación muy cómica si me lo preguntan.

—¡Amor!— gritó finalmente mi padre y hubo un silencio— vaya a la pieza, yo hablaré con los muchachos— mi mamá se negó, pero mi padre siempre ha tenido el don de disuadirla.

Primero nos vio a ambos por un rato, nos pidió que nos sentáramos y dijo:

—Seré bien sincero. No te culpo a ti muchacho por lo que pasó, sino a ambos y me parece que fuiste muy valiente al darnos tú la noticia. —Siempre me ha gustado la forma de ser de mi padre, no sé cómo se casó con una mujer como mi madre— Hija, tu castigo te lo dará tu propio cuerpo, pues ya quedarás como si te hubieras tragado un enorme balón, te enfrentarás al caos hormonal y tendrás parto natural. Tú jovencito, te castigará mi propia hija con todo lo que implican las manías, obsesiones, antojos y etcéteras que trae un embarazo consigo. Ahora no se me ocurre una llamada de atención o un castigo más elaborado, pero cuando lo planifique, tendrán lo que merecen.

Después salió mi mamá llorando de la cocina y mi padre nos mandó a dar un paseo.


—Bueno, esa es mi historia sexual y así es como me embaracé. Ahora tengo seis meses y una bola en la guata, dentro hay un humanoide pequeñito que se come parte de mi comida y que me patea el útero para incitarme a hacer cosas. Ahora entro a la escuela y veré cómo viviré con estos kilos redondos que subí en vacaciones.

—Ya veo, Fardo.

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