viernes, 10 de abril de 2009

Señor Curioso


Eran las veintidós horas y veintitrés minutos o las diez veintitrés, o treintaisiete minutos para las once, o cerca de una hora y media para la media noche, bueno, ustedes comprenden, o tendrían que hacerlo, no es algo que requiera gran capacidad de comprensión y razonamiento para lograr entenderlo. Yo estaba sentado en una plaza o plazuela, en realidad nunca me esmeré en establecer una diferencia entre ambas, y ella apareció corriendo, parecía muy asustada, por lo que yo le pregunté qué era lo que le ocurría y ella me contestó que no me incumbía con improperios que no vale la pena recordar, quizás algunos como 'hijo de puta', de hecho, esa fue la única rotería que me dijo. El caso es que siguió corriendo y yo seguí sentado. A los diez segundos que la tipa se perdió de vista, apareció un hombre con una sierra eléctrica, caminando lento, alicaída, mirando el suelo, era un tipo digno de lástima. Yo le pregunté «¿Qué te sucede muchacho?», él me miró y se vino a sentar a mi lado para contarme su desdicha; el tipo me dijo que era un joven solitario, que era maltratado cuando niño y que había secuestrado a una muchacha para sentirse acompañado. Que había sido muy feliz mientras ella había estado a su lado, pero la impúdica ramera se intentó escapar y él debía matarla, pues la mujer había sido una ingrata, ya que el joven le había dado de todo, de amor hasta dinero. Por eso sacó su sierra eléctrica y se aproximó a la muchacha, pero ella, al notar que él se acercaba, se escabulló por una ventana, por lo que tuvo que perseguirla, mas, cuando él salía de su casa, la sierra dejó de funcionar, el joven no notó que se había desenchufado, él sólo corrió tras de la malagradecida. Cuando se percató que la máquina no funcionaba, le dio pena y quedó decepcionado de no poder matarla como quería y ahí fue cuando me encontró. Yo traté de consolarlo pero insistió en ahorcarse, así que le dije que hiciera lo que setía que era lo correcto. Se colgó con una soga en un aromo de la plaza (o plazuela, ya estableceré la diferencia). Yo me paré de la banca y me fui. A mi espalda escuché el grito de una mujer, que a juzgar por las características del grito, estaba horrorizada, yo volví para preguntarle qué era lo que le sucedía.

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