martes, 12 de mayo de 2009

El Físico Prismático


Soy de la idea de que las mujeres mueven montañas, no en el sentido de que tengan súper fuerza, sino que pueden lograr que un hombre se las mueva (u otra mujer). Hasta la rana más tacaña está dispuesta a gastar dinero en una mujer (no me refiero a la prostitución). Ellas pueden lograr lo que sea, hasta engañar y robarle a una eminencia como yo.
Recuerdo cuando estaba en el centro siguiendo un arcoíris con mi peineta, generalmente es difícil encontrar un arcoíris propicio para mis estudios prismáticos, pero este era un espécimen genial: Sus siete colores estaban bien definidos; no se combinaban, había una perfecta y minúscula degradación que separaba cada franja. Se apreciaba hermoso sobre el castillo que estaba en el cerro y generaba una enorme sombra arcoirística más refrescante que la sombra de un aromo. Tenía un fin claro que estaba junto a un plátano oriental a un par de cuadras de donde yo estaba.
Cuando llegué al final del arcoíris, encontré a una linda muchacha sentada bajo la sombra del plátano oriental, como si fuera un duende que me esperaba con mi merecida olla de oro (tal como me ha pasado en expediciones irlandesas). Yo iba con mi peineta en la mano derecha y un cuaderno para tomar apuntes en la izquierda. Me puse al lado de la joven (porque ahí desembocaba el arcoíris) y comencé a realizar las mediciones pertinentes con mi fiel peineta. La muchacha me observaba con curiosidad, como si nunca hubiese visto a un tipo midiendo un arcoíris con una peineta y apenas concluí mi labor ella dirigió la palabra:

¿Qué es lo que hacías? me dijo con su voz agradable como el canto de las raíces.
Pues medía el arcoíris con mi peineta ¿Acaso no es obvio?
La muchacha soltó una risita de avellana que a mí me causó cierta molestia, por lo que le dije:
Es una investigación seria, no tienes por qué reírte- se lo dije serio, porque a mí siempre me ha molestado que no tomen con seriedad mis investigaciones.
Lo siento, nunca había visto a un tipo haciendo eso que tú haces- me contestó aun sonriendo- ¿Cómo te llamas?
Fedor le dije como cualquier físico prismático contestaría luego de que se burlaran de su trabajo.
Yo soy Almendra, un gusto Fedor- me contestó a pesar de mi austero tono de voz. Me extendió su suave mano para que me prendiera de ella (como suelen saludarse por acá), yo la saludé más cordialmente.

Almendra me llenó de preguntas y me sorprendió su ignorancia acerca de los usos científicos de las peinetas, la puse al tanto acerca del poder de los arcoíris. Le conté también acerca mi actual proyecto científico que consiste en concentrar la luz de un arcoíris en un solo punto (sin mezclar los colores) para lograr sanaciones celulares y reconstrucción de tejidos. La muchacha me escuchaba atenta y movía la cabeza como si comprendiera todo lo que le explicaba.
De la nada me dijo que debía irse, yo me despedí de ella y se fue casi corriendo. Yo seguí en mi posición hasta que el arcoíris desapareció.
Estaba en el paradero del bus cuando comencé a revisar mis bolsillos y descubrí que mi billetera no estaba; Almendra me había distraído con su simpatía y su conversación sólo para robarme, había ocupado sus dotes femeninos para conseguir lo único que deseaba: mi dinero. Por suerte al final de otro arcoíris había encontrado un trébol de cuatro hojas, lo revelé de su escondite ¡Et voilà!... me encontré dinero justo en el lugar donde a la señora que se había ido en el bus anterior se le había perdido un par de billetes.


Caminaba bajo los edificios antiguos y de manera recurrente me caían gotas de los aires acondicionados (supuestamente), pero siempre he tenido la idea de que las palomas escupen, por lo que me dio asco el líquido y le pedí a un amable sujeto el baño de su restorante para limpiarme, el hombre aceptó pero me exigió comprar algo de su negocio para que me transformara en cliente (el baño era sólo para clientes). Dubitativo, acepté, ya no aguantaba la baba de plumífero sobre mí.
Cliente... ¿Qué clase de cosa es eso? En el baño me preguntaba si era una clase de mutación física o si era una condición de esclavitud. Ante mis dudas, consulté mi diccionario y me reí como ardilla ante mi ignorancia conceptual. Salí del baño y me fui a comprar algo al restorante: Un helado.

Hola señor, pague en la caja primero y luego viene a retirar su helado- me dijo la empleada.
Fui a pagar a la caja y me dieron una boleta descolorida y me dirigí al lugar donde se canjeaba el papel por helado.
¿Qué sabor quiere? preguntó la empleada con aire de indiferencia.
Quiero un helado de multifruta y esencia de arcoíris- le contesté felizmente, pues ese es mi sabor favorito. La empleada me miró algo molesta.
Eso no existe dijo pero tenemos de banana, frutilla, frambuesa, ese café es de manjar y ese de choco...
¡Pero no! la interrumpí ¡¿Cómo me dice que no existe?! Si yo siempre compro de ese helado.
¡Entonces no lo tenemos! contestó aun más molesta y alzando la voz.
Bueno, dame un helado de pasas al ron dije muy bajito porque me había intimidado.
Me dio mi helado y me deseó un buen día. Yo me di vuelta y la miré sorprendido, después me fui a casa.

En la noche, mientras revisaba mis anotaciones del arcoíris Almendra (así lo llamé por la muchacha), me quedé dormido. Tuve un sueño donde la empleada del señor del restorante confundía a las personas con duendes de arcoíris y que siempre pedía deseos a la gente y como ya había pedido todo lo que quería, ahora deseaba buenos días para los 'duendes'.
Al día siguiente, noté que mis anotaciones estaban arruinadas por mi baba de sueño y recordé que cuando era niño acompañé a mi hermano a comprar remuevebabas y restaurador de escritor 'tinta corrida por líquidos' a la librería que estaba en la esquina frente a la plaza del centro. Lo recuerdo bien porque era un día de arcoíris.
Una vez que llegué a la librería, le pregunté al señor que atendía de la manera más cortez posible, como el físico que soy:

Buen señor, me podría dar un frasco pequeño de remuevebabas, otro de restaurador de escritos para 'tinta corrida por líquidos', dos pinceles y un pañito apto para la aplicación de los productos químicos primeramente nombrados.
El señor se subió sus lentes con su índice derecho para acercarlos más a sus ojos, como si estuviese acercando una peineta a un arcoíris, y me miró con sus dos ojos y su único mostacho:
¿Usted está bromeándome? inquirió lento y apoyando sus manos sobre la vitrina.
Claro que no, déjeme explicarle le dije.
Tengo tiempo contestó.
Bueno es eso, en estos días muy pocos tienen algo de tiempo, desde que lo privatizaron la gente vive apurada y sin dinero para adquirir ni un minuto.
Tiene toda la razón dijo entre una carcajada de señor ducho, lo que me pareció simpático. Comencé a decirle:
Lo que pasa es que anoche, mientras revisaba los datos conseguidos del arcoíris Almendra, me quedé dormido sobre mis apuntes y boté baba de sueño sobre las anotaciones y la tinta se corrió y la hoja se ensalivó.
Ya veo me dijo risueño el ducho señor pero ya no traemos de esos productos, ahora nos especializamos en coladores de aislapol y calculadoras de letras.
Mientras decía eso, el señor aguantaba la risa y cuando yo me lamenté de que ya no vendían lo que buscaba y le consulté si sabía donde podía encontrar aunque sea restaurador de escritos, el hombre no se contuvo más y comenzó a reír como bufón. Yo lo miraba con extrañeza y le pregunté cuál era el chiste, pero seguía riéndose. Se reía de mí, lo noté porque me apuntaba con su dedo (el mismo que ocupó para subirse los lentes) y decía comentarios entre risas como 'y sigue serio', '¿Dónde está el loquero' y cosas aburridas y sin sentido como esas. Me aburrí de su risa, me marché y a lo lejos divisé otro arcoíris.


Soy de la idea de que en los años pares de Saturno, la Tierra se llena de arcoíris, por un tema de reflejo de la luz solar en los anillos y en las lunas que rodean a Saturno. Esta fecha es ideal para la observación y estudio de los fenómenos prismáticos.
En cuanto al arcoíris que descubrí desde la librería, era pequeño y de franjas de color delgadas. Como andaba con mi peineta, sólo me acerqué a él por el placer de observarlo, porque no era un buen espécimen como el arcoíris Almendra. En el camino hacia el arcoíris, pasó una carreta tirada por una rara especie de unicornios que no poseían cuerno y que eran conducidos por un hombre que parecía de chocolate. Yo me asombré por lo mágico de mi visión y me sentí privilegiado de observar ese acontecimiento digno de un cuento.
El arcoíris se desvaneció antes que yo llegara a su posición y la esencia de arcoíris fue llevada por el viento hasta donde me encontraba de pie. Respiré profundo y caí inconsciente en la vereda por sobredosis de color.

1 comentario:

Alexa Adalid dijo...

=) me siento subliminalmente parte tu texto, y eso me hace felíz