domingo, 17 de mayo de 2009

La cima




"Cuidando del final como del principio,

ninguna obra se perdería."

Tao Te King


En un hoyo, en eso estoy, en el más profundo hoyo. No se puede llegar más bajo, de eso estoy casi seguro. No sé cómo llegué aquí, pero aquí estoy, encerrado entre riscos, está húmedo y frío, lleno de gente oscura. Veo hacia arriba y noto que hay luz, creo que si llego allá, a la claridad, tendré más posibilidades de sobrevivir. Por ahora, aquí abajo tengo agua y comida, por lo que puedo mantenerme vivo. Aunque estoy rodeado de gente, me siento solo. Las personas de este lugar son simples, no como las que me muestran las revistas que caen de la cima, porque esas revistas me han ilusionado con el exterior de este risco: me dicen que arriba hay comodidades, confort, comida más que digerible, no como la porquería que hay en este lugar, allá no hay sufrimiento y todo es fácil. Después de crearme metas, me he animado a escalar. (¡Imagínense! Yo entre la gente de las revistas, comiendo esos manjares, dueño de las cosas que existen sólo en ese lugar)
A medida que recorro este agujero, noto que mi familia también está acá, me dicen que siempre hemos estado en este lugar, pero nunca había notado lo bajo que estábamos. Cuando uno es niño no nota esas cosas, vive solamente, no te das cuenta que has nacido en un hoyo. Ahora, como me percato de todo, quiero escalar. Toda la gente en este hoyo quiere escalar, quiere llegar arriba, donde se vive bien y sin problemas (pues acá hay muchos problemas, es cosa de abrir los ojos y de ir a darse una vuelta). ¿Quién querría estar acá, cuando se sabe que hay algo mejor?

Me han dado muchas claves para comenzar a escalar, trucos, tácticas. Mi familia me apoya en esta misión, quieren que llegue arriba. Mis padres me dicen que toda su vida se han esforzado para que mis hermanos y yo podamos algún día estar allá, donde ellos no llegaron, alto. No los puedo defraudar. Luego de estudiar y recibir las herramientas que necesitaba, comencé mi ascenso. Al principio fue muy fácil, pues un amigo de la familia vivía a un cuarto del camino a la cima y me introdujo de inmediato entre los suyos, me recibió cordialmente en su hogar, así estuve un tiempo en ese lugar del risco. A veces veía a mi familia abajo y la saludaba, pero yo estaba más arriba que ellos, no podía bajar a estar un rato con mis padres y hermanos o tendría que subir de nuevo.

Seguí escalando. Conocí a muchas personas que se habían quedado a vivir a mitad del camino, porque se habían cansado de subir o porque creían que no podían llegar más arriba. A la mitad del risco, me invadió la confianza, sabía que podía subir a la cima (por algo me preparé tanto, toda mi vida la invertí en conseguir los conocimientos necesarios par escalar). Ya casi no veía a mi familia y amigos que se habían quedado en el fondo del hoyo. Estaba muy alto, pero aun me faltaba camino por recorrer.

La subida era dura y cuando me faltaba un cuarto de camino para llegar a la cima y me cansé. Estuve muchos años sin completar mi camino. Aquí, era un lugar muy alto, veía cómo se iban las tinieblas, había más luz, cada vez había más confort, pero había algo que no me gustaba. A las gentes de mi pasado que habían quedado abajo, les lanzaba hojas con escritos para que supieran lo alto que estaba, necesitaba que supieran de mis nuevas amistades. Al final, esa sensación de incomodidad me ganó y tuve que dejar ese lugar. Pisoteando algunas espaldas, comencé a escalar otra vez.

Faltaba poco, iba a llegar a la cima. Las ansias de llegar me hicieron olvidar todo lo que había pasado: familia, amigos, el trabajo que hice, la gente que me sirvió para escalar. Sólo quería llegar arriba... Ya veía la luz, no habría más oscuridad, llegaba a lo más alto.

Finalmente, llegué a la cima. Con un último esfuerzo salí del risco y miré a mi alrededor, mas, no estaban las cosas que imaginé: La cima era pequeña y estaba rodeada de nada; no había un paisaje que apreciar; no había un horizonte, sólo vacío. Las personas de ese lugar no tenían cosas qué decir, no tenían algo para enseñarme. Comprendí que todos los conocimientos que existían eran para llegar a lo más alto, pero ahora estaba en la cima y aquí... Todas estaban sentadas alrededor de un trozo de metal que les daba de comer y les otorgaba las mejores comodidades. No estaban bien vestidas, eran bellas, sí, pero no como las revistas. No conversaban unas con otras. Yo me arrodillé y me puse a llorar. Recordé a mi familia, de cómo querían que llegara aquí arriba, según ellos aquí sería alguien mejor y viviría cómodamente, sin preocupaciones, no como allá abajo. ¿Por qué mi familia quería que yo sufriera? ¿Por qué me mintieron todos los de abajo? Yo lloraba, tenía una pena enorme, decepción, no veía ninguna cosa de las que me prometieron. Mi esperanza de hallar lo que durante todo el camino anhelé, había desaparecido.
Cuando sequé mis lágrimas y me acerqué al grupo de personas, me saludaron
no lograba ver sus ojos y comenzaron a hablar sobre el trozo de metal y de todo lo que esa cosa les brindaba, le agradecían por lo bien que vivían (¡Vivían! ¡Por todas las cosas, qué saben ellos de vivir!). Me comencé a enfadar. Noté que el agujero del cuál se salía del risco era más grande cuando se veía de la cima, porque cuando escalaba era diminuto y me había resultado difícil pasar por él. Cuando sus voces me fastidiaron, me encolericé y en mi desenfreno agredí a las personas (esas bellas personas), trataron de defenderse, pero yo los comencé a lanzar uno tras otro al agujero. Así, todos caían al hoyo, a lo más bajo. Cuando al fin había botado a la gente de la cima, tomé el trozo de metal y lo enterré, claro que antes escupí esa escoria.

Me quedé mirando hacia el agujero, pensé en lo estúpido que había sido en mi vida.


Cuando uno es niño, sólo vive, no siente frío, el dolor que te ocasiona una caída es momentáneo y se olvida pronto. Uno no anhela cosas, porque nada tiene más valor que jugar a las escondidas con otros niños. Las cosas no tienen valor, sino las acciones. Cuando uno es niño, no teme hasta que los grandes te inculcan miedos. Cuando uno es niño, no quieres subir, hasta que los grandes te convencen que tienes que hacerlo.


Miré por última vez el agujero desde la cima. A pesar de lo alto que estaba, logré ver a mi familia, vi a las mujeres que me habían atendido en el camino, vi los lugares que había recorrido, vi todo, que era nada. Miré fijo a mi familia, esa familia que ignoraba la realidad como era, esa familia que me impulsó a comenzar mi ascenso, esa familia que me mandó a un lugar que ellos desconocían, un lugar maldito, donde alcanzaría la felicidad, pero que únicamente me haría mal
quizás me hizo el mayor bien, después de todo me di cuenta de las cosas como eran ¡Qué pequeño era mi mundo!

Finalmente me alejé del borde del hoyo, caminé hasta el borde de la cima y me lancé al vacío.

No hay comentarios: