sábado, 25 de julio de 2009

Luna


«Así que no hay otra salida», pensó en voz alta mientras dejaba caer sus brazos y relajaba los hombros. La luna estaba como sobrepuesta en el cielo azul oscuro. No hay otra alternativa, según la mar, que a ratos y sin ritmo golpeaba suavemente con una ola el camino al muelle. Si en esa noche hubiesen habido nubes que taparan la luna, quizás no habría dudado tanto para empezar, pero el cielo estaba despejado para que lucieran las primeras estrellas que aparecían en lo alto de su cabeza.

Miró un gato negro que corría sobre los tejados de las pescaderías que se levantaban a su derecha. Su sombra era tan grande como su miedo, esta vez ninguna persona podría darle un apoyo. El miedo es tan falso como la cobardía, pues cuando estamos solos nos dejamos convencer por estos males, pero cuando alguien nos acompaña, los olvidamos. «Toda la gente sabe eso», se dijo y vaciló en su intento por hacer algo, sabía que tenía miedo y que este era verdadero. Sus rodillas temblaron por contener el paso que debió haber dado para dejar atrás todo. La luna seguí en el cielo, parecía falsa como su postura frente al miedo y el mar seguía murmurando consejos que nadie atendía.

«Así que no hay otra salida», pensó en voz alta mientras intentó abrazarse para sentir un apoyo. La luna no parecía pertenecer al cielo nocturno. Los autos, que pasaban a casi doscientos en la autopista, le decían que era lo único que podía hacer. Se perdían tan rápido de su vista, que no alcanzaba a alejar la soledad que cubría todo ese sitio tan alejado de donde alguien podría haber ayudado. El cielo estaba malditamente despejado y la luna sólo lograba inyectar miedo, que en algún momento, si daba un paso, le caería encima.

Escuchó un aullido lejano y reunió todo su coraje para mirar la estepa que se extendía hasta el horizonte a su derecha. Quería correr, pero sabía que no serviría de nada. «El miedo le pone los pies en la tierra a cualquiera», se dijo, porque había aprendido que las situaciones-límite hacen aflorar las virtudes de cualquier ser viviente. No sabía que hacer, cuando de ponto sintió su mejilla húmeda y después sus labios salados, entonces se dio cuenta que no había escapatoria, a pesar de lo que parecían pregonar los vehículos de la autopista.

«Así que no hay otra salida», dijo con su voz más segura, pretendiendo que alguien pudiera escuchar, pero en el fondo sabía que en ese lugar no habían otros oídos aparte de los suyos. Alzó la mirada a la luna y la maldijo, porque por un instante, su irrealidad le había hecho creer que todo era un sueño. El tren pasaba a su costado, cubriendo los rieles, que en su inmovilidad eran su única compañía. El ruido de los vagones traía consigo la noticia de que tenía que hacerlo, que no habría otra oportunidad. Las primeras estrellas de la noche paralizaron todas sus intenciones y ahí quedó, con las manos colgando frente a sus bolsillos.

Sintió el aleteo de una paloma sobre el techo de la casa de adobe que se erguía a su derecha. Sintió miedo y lo asumió al viento, sintió angustia y sus mandíbulas comenzaron un golpe de dientes que, por primera vez, delataron su debilidad. «No, el miedo nunca existió antes, qué me ocurre ahora», se dijo con una leve esperanza de animarse, pero ahí estaba, inmóvil, viendo como se iba el tren, dejando los rieles una vez más bajo la luz de la luna.

«No hay otra salida, ¿eh?», le preguntó a la luna como desafiándola. Sacó un cigarrillo del bolsillo de su pantalón y comenzó a caminar sin saber hacia donde iba, sin vacilar en un paso, dejando atrás a una pequeña niña que miraba a la luna, asustada, sin saber qué hacer.

El drama existencialista de jugar Sims


Consigues una vida y un poco de dinero que quizás te lo dieron tus padres o un cercano para que puedas comenzar. Consigues un trabajo, aprendes cosas, te cultivas en algo —en el arte, haces músculos, tu bla blá, qué se yo—, te ascienden de puesto, comienzas a ganar más dinero, conoces gente, te enamoras, comienzas a convivir con alguien, en una de esas te casas, viene un bebé, satisfaces tus necesidades, compras mejores cosas para tu casa (a todo esto, sigues ascendiendo puestos en el trabajo y sigues cultivándote), etcétera.

Tienes a la chica, un hijo, mucho dinero, tienes una casa grande y un buen trabajo, varios amigos, nada te hace falta. Eres feliz.

Y luego... ¿Qué?

jueves, 2 de julio de 2009

Buscando a Lorena


A Lorena San Martín Gallardo
que no la conozco
pero tengo una pintura suya
de cuand eras colegiala.


Me encontré tu cuadro abandonado en una sala vacía de mi colegio. La sala también está abandonada. Entré por cosas del destino a esa sala con un grupo de personas; tu cuadro estaba en altura, sobre un relieve de la pared y por eso nadie lo notó, pero como a mí me gusta estar mirando para arriba, lo descubrí y lo tomé de inmediato.
Son tres mujeres tras una celda de madera, tres mujeres de distintas razas con unos rostros llenos de aflicción, sus ojos parecen como si estuvieran bañados en lágrimas de impotencia, no de pena. Tu cuadro de muchacha me gustó mucho.
Apenas dejé de mirar los ojos claros de la mujer del medio, que pedía que la sacaran de la celda en donde la metiste, busqué algún dato en el cuadro que me dijera quién lo había hecho y encontré tu nombre escrito tres veces, tu edad 17 años, aunque no creo que todavía tengas esa edad y tu colegio. Al parecer estabas participando en un concurso, tampoco sé si ganaste, aunque creo que en ese concurso he ganado yo, al encontrar tu pintura, que si bien no es un cuadro de John Collier, es una obra sensible que proyecta mucha emotividad. A mí me dan ganas de liberar a esas encarceladas, a pesar de que hubiesen cometido algún crimen.
Cuando llegué a mi casa, te busqué a través de los medios que se me ocurrieron mediante tecnología actual, mas no te hallé, por lo que pienso ir a tu liceo por si encuentro alguna pista para dar con tu actual paradero. Mientras te buscaba puse la pintura a contra luz y sentí que me estaban mirando, siendo que, a simple vista, estaba solo en este cuarto.
Un amigo me dijo que le parecía muy mágico encontrarse con alguien en la ciudad, porque de millones de personas que existen, conoces un puñado, hay una probabilidad muy baja de toparse con un conocido, existen más posibilidades de encontrarse con un desconodido. Por eso tengo la esperanza de encontrarte, porque no te conozco, aunque existe la posibilidad de que ya te conociera. El punto, Lorena, es que te pido que me contactes si es que te enteras que te busco.

X

Los hippies no hablaban esperanto

IX

Cuando era niño
no sabía que me suicidaría

VII

¿Quién diría que el sol
entumiría a las palabras?
Las nubes

VI

el árbol
ve su reflejo en el agua
sabe que sólo es su reflejo